Adiós Playboy

El "no te fíes, que éste nos entierrra a todos" que hemos dicho alguna vez sobre Hugh Hefner... al final no ha podido ser. El playboy ha muerto. Y probablemente la Playboy también. Desde hace ya mucho tiempo, la emblemática publicación-universo no encontraba hueco. El que Hefner creó se agrandó tanto que le comieron la tostada por todos los sitios. ¿Por qué me salen tantos dobles sentidos sexy-chuscos en estas frases? No lo sé. Pero digamos que es un homenaje. En las antípodas (o no) de Larry Flint y Bob Guccione, lo de Hefner era una cosa rara: como a Bigas Luna, era difícil pillarle en la cosa de la cosificación femenina. Hasta a la superdotada Beatriz Preciado le cuesta en su fascinante 'Pornotopia'. Tanto que realmente no lo hace, navegando dialécticamente en torno a la figura y la obra de Hefner.
Lo que está claro es que Hefner, a base de reducirlo todo a lo superficial, lo convierte en absurdo. Playboy y él mismo eran profecías autocumplidas: la supermodelo que decide posar voluntariamente para la revista y, lejos de considerarlo una humillación (cosa que ciertos aparatos teóricos feministoides enseguida sostienen) lo ve como una cumbre de su carrera y su posición de control, la historia de Anna Nicole Smith (en general) o la generación de un tipo de mujer empoderada inédito: Pamela Anderson. 'Playboy' y Hefner estaban en medio de todos esos jaleos. Eran esos jaleos. En batín y rodeado de explosivas y vulgarcísimas rubiascas el abuelo. El avión Playboy (fálico) y la gruta Playboy (vaginal). La alegre realidad de un sátiro graciosete y la tristeza de un señor decrépito y con su castillo reducido a escombros. Nadie salió en su rescate, como Beigbeder con Lui en Francia. Con Hefner muere un mundo. Y a lo mejor hay que celebrarlo. O no.

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